sábado, 14 de abril de 2018


La voracidad de la noche 



Creo que todo comenzó así, cuanto menos es todo lo que puedo recordar, continuaba leyendo el ajado libro, marcado por un vetusto forro de cuero verde, cuyo título había desaparecido en las mandíbulas de los años. Fui rápidamente seducido por sus aspecto tan pronto lo encontré en un viejo baúl una de las ruinosas iglesias de Yaraviri, el chirriante sonido de su apertura creo una atmósfera de misterio a la que no me pude resistir, la primeras hojas del libro narraban la historia de un  desamor que llevo a un  desdichado a buscar en lo arcano las  curas a las heridas del corazón, escrito como a puño y letra con tintas de lágrimas, la posterior narrativa describía los experimentos realizados por este oscuro personaje, para silenciar con magia el recuerdo del amor irrecuperable; en cada capítulo la cuota de horrores perpetrados en la búsqueda de la llave definitiva del control total aumentaban, tanto como lo deslumbrante de los resultados detallados, con los métodos expuestos en sus líneas las mentes humanas eran como cuadernos en blanco listos para ser reescritos con lo que fuese, los recuerdos y el pasado han construyen nuestra personalidad, y describen nuestro presente, con el poder de cambiarlos se podría hacer maravillas; la pena por las palabras nunca pronunciadas, ni las despedidas eran ya verdades cristalizadas, esa fantasía despertó rápidamente mi interés, en un principio solo fue un interés deportivo, el precio a pagar para conseguirlo era demasiado grande, supongo que para obtener algo inmenso también se debe sacrificar algo de dimensiones similares.



Dedicado a su estudió me aparté de los pocos amigos que aún mantenía; estaban acostumbrados a mis ausencias prolongadas, desaparecer del mundo era como morir por unos momentos, y por algo que no recuerdo muy bien estuve en toda la disposición de no existir por unos días.



Los días pasaron sin que me diera cuenta, la oscuridad era rasgada con la tenue luz que proporcionarme una lámpara con un bombillo a punto de quemarse, mi única compañía era una taza con un café que estuvo caliente hace ya varios días, , un lapicero de cartón, regalado en uno de esas frívolas conferencias, y una libreta donde apuntar, la idea de llevar a cabo uno de los procedimientos-rituales se rumiaba en mi cabeza constantemente, por fin la curiosidad venció el sentido común y mi mente deseo llevar a cabo uno de los procedimientos descritos en las páginas, el verdadero porque aún me es esquivo puede ser un recuerdo al que trato de acceder, un recuerdo al que trato de aprehender pero desaparece con mi abrazo; el precio a pagar un prístino lienzo, solo posible de encontrar en alguien que no había  nacido aún, no era tan difícil de conseguir en estos tiempos de mujeres con el derecho a decidir… aún tenía conocidos que podrían ayudarme con el extraño pedido, tras la convicción cerré los ojos un solo instante,  al abrirlos algo parecía cambiando… solo una sensación, un dolor de cabeza que me impidió proseguir con la lectura, las páginas estaban abiertas en el lugar de un ritual, el hermoso sonido del silencio fue herido por un ruido casi imperceptible, similar a  los que emitían los antiguos relojes de péndulo, un tac-tac-tac, mezclado el  sonido de  protesta que hace una puerta tras de los años de uso, agudizaban el dolor de cabeza que ya tenía, me pregunte por la hora, no había relojes ni calendarios en esa sala.



En un inicio no pensé bajar; sin embargo, los minutos eran eternos dando vuelta en la cama, el sonido se hacía más poderoso, la flojera de levantarse al frío nocturno pesaba demasiado, pero el obstinado sonido persistía en no dejarme tranquilo, el sonidito entraba en mi cabeza como una provocación martillante, quizá una invitación, salí de la habitación el reloj de pared marca las 11:23, jueves 22 de octubre, y como pasan los días tan rápidamente jueves, miércoles, martes dentro de las cuatro paredes de mi casa uno pierde la noción del tiempo, minutos o días; la consigna era acabar con el ruido del modo que sea necesario; las ventanas estaban cerradas pero un viendo helado silbaba en mis oídos, Venía de la pared del baño, parecía tener un pestillo dorado, nunca lo había visto, la puerta anunciaba unos escalones de tosca madera, al terminar el último escalón una neblina espesa mordió mis tobillos, no me di cuenta de ese detalle hasta que me acerqué a  un baúl, similar al que contenía el libro. Al tocar los bordes del baúl sentí el frío recorriendo mi cuerpo hasta la punta de mis dedos, el sonido cambio rápidamente de tonalidad, lo que parecía el tic tac empezó a sonar como la voz de un hombre torturado, no podría definirla como un quejido o un grito de sorpresa apagada por mil penurias, una criatura con ropajes ajados se dejó ver en la oscuridad… extendió un brazo lleno de purulencia, con un grillete fundido en su carne.



Me  derrumbé en el suelo, y trate de gritar pero mi garganta no expulsaba sonido alguno, la neblina retrocedió y hui tan rápido como mis piernas me lo permitieron hacía mi cuarto, cerré la puerta con la fuerza que el más absoluto de los medios puede dar, di vueltas en la cama tratando de convencerme que era solo mi imaginación, pensé en llamar a alguien, el teléfono estaba fuera alcance, perdido en la sala, ¿qué hacer?, ¿qué hacer?, estas cavilaciones me abrumaron hasta que la luz del sol empezaron a asomarse por las ventanas; entonces, volví a intentar salir de mi habitación, a lo mejor solo fue una jugada de mi gastada mente, me  envolví entre las frazadas, tratando de darme valor, el hambre comenzó a atacar y casi me convencí que lo visto la noche pasada era falso, decidí salir de la cama e ir a la puerta, estuve a punto de tomar el pomo de la puerta cuando la neblina se coló por debajo de la puerta y se trago toda la luz de la mañana, la oscuridad de nuevo, ¿el día había sido una ilusión?, corrí a refugiarme en la cama y el sonido comenzó a atacarme una vez, invitado a mi mente a pensar en los escenarios más macabros que se podían concebir.

                         
Quizá era de noche de nuevo,  nadie acudió a averiguar que me ocurría, la desesperación de saberme atrapado pronto transformaron mi miedo, el hambre y otras necesidades eran más poderosas, las cortinas de mi habitación parecían fundidas en un pesado  hierro imposible de moverlas, me aproximé a la puerta y la miré durante lo que parecieron ser siglos, una vez más tome el pomo de la puerta y el frío otra vez mordió mis tobillos, el golpeteo rugió con estridencia, la puerta se estremeció como si alguien tratara de derribarla conmigo detrás, me reclamaba a mi, corrí de nuevo refugiarme a mi cama, el frío sudor del terror corría por cada poro de mi  cuerpo, la sed quemaba mi garganta, eran ya dos días sin probar gota alguna y el maldito sonido continuaba. No me atreví a empujar la puerta una vez más, el ruido me volvía loco, estaba con las manos atadas, solo podía hacer este breve relato para calmarme un poco, una vez más la noche llego y sentí que las fuerzas se me reducían, ya entonces sabía que los días de cordura podían estar por terminarse, que cosa aguardaría tras esa puerta, no quería saberlo, después de todo no conocer a los monstruos que no es enfrentamos es el día a día de todo hombre y finalmente el destino de todos es el mismo.



Un nombre resuena en mi cabeza, porque el recuerdo de un algo que aún no sé qué es persiste en mi cabeza, no puedo recordar mucho de mis amigos, todo se va desvaneciendo, es como observar caras de ceras que se derriten, hice algo, hice algo que no entiendo, trato de hablar con mi cabeza, pero parece que no tiene más respuestas que el dolor, mi mente parece ser un lugar peligroso para mí mismo, hay sangre debajo de mi cama y el agrio aroma de la putrefacción, no me atrevo a ver que hay debajo, ¿Qué fue lo que hice?.   



El vetusto libro narraba conocimientos deliberadamente omitidos en cualquier otro, en un principio pensé que se trataban de horrores concebidos en la mente de un desequilibrado, solo se trataba de la punta congelada de un tempano que encerraba respuestas a acertijos propuestos desde el inicio de la historia, debí sospechar que su conocimiento no sería gratuito que todo tiene un precio que se debe pagar tarde o temprano, las cortinas se desvanecieron y dejaron ver las calles de una ciudad que ya no conocía. La ventana estaba en un tercer piso, pero podría sobrevivir si, era mi única oportunidad, comprendí que era la única salida ….


Dejó el lapicero en el escritorio, se acercó a la ventana con tumbos a cada paso podría ser… respiro hondo, y se oyó un estruendo en el piso nunca más volvería a respirar, recogí las páginas escritas; para las sombras que acechamos tras las puertas es un verdadero alivio cuando todo se acaba y las cuentas están saldadas, no se puede jugar con cosas que no se entienden.