sábado, 6 de agosto de 2016

Capítulo II

Del modo que debemos conducirnos en la elección de nuestras esposas
De los jóvenes- de los sujetos más entrados en edad. Fin de obrar por nosotros mismos. Del amor- De las prendas. - De los deseos. - de la perfección. - justo valor de las cosas.

De los jóvenes.

Los jóvenes no han llegado aún a su mayoridad, como igualmente los que hace poco que llegaron a ella, no se hallan todavía en estado de casarse; y harán muy buen en no acelerar este momento, como manifestaremos en el capítulo cuarto de este librito. Sin embargo, como puede que muchos, por circunstancias particulares, se determinen a ejecutarlos  antes de la edad que les proponemos, no podemos menos de aconsejarles que en tales casos no obren en modo alguno por si solos; y si que escuchen con toda docilidad y atención los consejos de sus padres, y de aquellas otras personas de cuyo verdadero cariño e interés no puedan dudar; porque, como esta sujetos miran la cosa a sangre fría, y libres de toda pasión, es claro que han de verla tal como realmente es en sí, y que sus consejeros serán puros y saludables.
De los hombres de más edad.
Los sujetos que han salido ya de esa edad feliz de las ilusiones lisonjeras, por lo mismo que se halla destituida de toda experiencia, harán muy bien, siempre que entren en deseos de contraer matrimonio, en recorrer a los sabios consejos de los autores de su vida, si son todavía tan dichosos que no se les hayan muerto, Y en efecto, ¿Quién mirará sus asuntos y su bien venidero con mayor interés que unos hombres cargados de años y desengaños, que ven ya muy cerca la hora de dejar este engañoso mundo, y que no les queda más consejos y pareceres que el bien estar de una generación que miran justísimamente como obra suya, y en cuya futura felicidad están contemplando la continuación de la suya propia?.
Si estos por desgracia faltaren ya, no por eso se resuelvan a formar la elección de esposa por si solos; antes bien obrarán muy acertadamente, si con toda calma y sosiego consultan a sus mejores amigos, quienes, mirando el asunto sin preocupaciones, y con el interés que inspira una verdadera amistad no podrán menos de iluminar al que necesite de sus consejos; y procurándole separadamente los más secretos y seguros informes relativamente a las prendas verdaderas de la novia, de su parentela, de sus amigos y amigas, tratos, conocimiento, aderencias, modo de pensar, y demás requisitos indispensables para que un marido pueda ser venturoso en su compañía, le pondrán en estado de no poderse equivocar.
Incapacidad de obrar por si mismo

La viveza del espiritú, los conocimientos brillantes, la instrucción completa, el juicio sólido de los hombres mas completos no son nada, en este asunto, si se ponen en comparación con la fría serenidad de la edad madura, con la larga experiencia de un amigo antiguo, de un padre tierno, y sobre todo de una madre. El hombre, por sabio que sea, cuando trata este asunto por si solo, corre grandísimos riesgos de errar, a causa de que rara vez dejará de entrar en los casamientos, aun cuando no ve sea el que quieren un jovencito, su poco de pasión y alucinamiento, y cuando estas dos cosas dirigen un asunto ¿Cómo es posible no cometer los mayores desatinos?
Las ilusiones de la edad y el imperio que los deseos toman en el corazón del hombre que se ocupa de elegir una esposa, contribuyen de un modo poderoso a que se quede incapaz e inhábil para hacer su elección con acierto de modo, que en cualquiera edad que se encuentre el hombre que trata de casarse, hará siempre muy bien de rodearse de muy buenos consejos, porque de lo que haga va a depender la felicidad o infelicidad de todo lo restante de su vida, y para esto se dijo. Antes que te cases, mira lo que haces.
Del amor.

En las novelas y romances se mira siempre el amor como la primera condición de la felicidad humana, al paso que, a lo más es la última. Digo a lo más, porque una cosa muy disputable él lo sea, cuando el refrán, que siempre es hijo de la experiencia dice: casamiento con amores larga vida con dolores.
¿Qué es el amor? Mucho habría que decir sobre el particular y mucho se ha dicho, pues cada cual ha tratado este asunto a su manera. Pero en realidad, el amor no es mas que una fiebre ardiente, una verdadera enfermedad que nos ciega, nos arrebata, nos pone en un estado de delirio, nos quita el juicio, la sensatez, y el talento, y esto en tanto grado; que se le puede poner en el número de las afecciones mentales: ningún hombre este esento de esta fiebre, lo mismo que de otro ataque cualquiera. Una vez que ha llegado a apoderarse de nosotros, es preciso que haga su curso , sin que nada pueda  contener su progreso, ni prescribirle reglas. Si el objetivo que la ha producido es una persona verdaderamente digna de estimación y de afecto, esta enfermedad puede contribuir a nuestra dicha, así como hay otras que aseguran nuestra salud para lo sucesivo; pero cuando una muger que por ningún motivo puede convenirnos es la que nos ha contagiado, entonces nuestra enfermedad es una de las mas fatales y temibles: es una verdadera desgracia.

De la perfección.
De lo que acabamos de decir no se sigue absolutamente que sea indispensable exigir que la que ha de sernos esposa posea todo ese cúmulo de perfecciones: porque la perfección es tan rara, y tan difícil de encontrarse tanto, entre hombre como mujeres, que tal vez no es un desatino el asegurar que no se halla en la tierra una persona enteramente perfecta. Lo que intentamos dar a entender, es que el soltero que va a casarse debe trata de que la que ha de ser su parienta se acerque, en cuanto sea posible, a la perfección, y que si efectivamente tuviera algún defecto, se lo conozca antes el pretendiente, y se sienta con esfuerzo para sobrellevarlo. En una palabra, que sea una mujer que le convenga, según las circunstancias de entrambos, y vista la cosa desapasionadamente.

Justo el valor de las cosas.

Lo que valen en un hombre y una muger no es más que relativo. Laura conviene a Pedro, y sería intolerable para Jacinto. Es preciso pues, ante todo, que nos estudiemos a nosotros mismos, antes de buscar esposa; y si lo hacemos para otro, debemos igualmente trata de conocer a fondo las personas que pretendemos unir. Sin esta circunstancia, casi siempre nos llevaremos chasco.







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