miércoles, 24 de agosto de 2016

La determinación del camino

“Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia es lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida.” La rebelión de las masas I, IV[1]

En la RAE se describe el destino como un encadenamiento de sucesos considerado como necesarios y fatales; como primera consideración tendré que decir que es imposible creer en el destino sin creer en alguna fuerza racional ordenadora, que de sentido a las circunstancias que se nos presentan en la vida y nos llevan o nos insinúan un destino trazado para nosotros; pues sin ese sustento consideraríamos que todos los sucesos que nos acontecen están regidos por la arbitrariedad o por una causalidad matemática de una cadena de sucesos que no guardan ningún plan para nosotros, en cuyo caso el resto de lo escrito no tendría  algún sentido. Conozco dos enfoques que se le da a la palabra destino, que creo se acomodan bastante a la definición propuesta por la RAE y que paso a exponer.
En el primer enfoque se considera al destino como una circunstancia que indefectiblemente ocurrirá, aunque nosotros nos empeñemos con toda nuestra fuerza en evitarlo, este sería un tipo de destino del que en definitiva no puede huir, aunque se pueda negar, en cuyo caso seríamos sancionados con infortunios o infelicidad por nuestra rebeldía. Un ejemplo de ello sería el caso de aquellos amores en los que, pese a las complicaciones y negaciones de sus dueños, logran salir adelante por la pura conspiración de hechos ajenos a la voluntad de sus actores.
Entiendo la segunda acepción de destino como un camino que se nos propone, y que tenemos la libertad de seguir o no; siendo que la consecuencia de hacerlo sea una vida feliz, y en caso contrario una existencia miserable, pues al no seguir el camino que se nos ha diseñado viviríamos una vida, que en principio no nos satisface por no estarnos diseñada, y que además probablemente no nos de los frutos que esperamos. Este camino nos estaría siendo constantemente recordado por la infelicidad a que nos lleva, o por sucesos que nos recuerden el verdadero camino a seguir, algo así como señales o pistas que se nos presentan. Un ejemplo de ello podría ser la vocación que siente un sacerdote, pues es un llamado que este descubre pero que en última instancia es libre de seguir, y deberá cargar con sus propios reproches en caso de haber tomado una mala decisión.



Me inclino a pensar que la segunda acepción es la correcta pues considero que, de una manera bastante más pequeña de lo que se insinúa, tenemos la última palabra en lo que haremos. Sin embargo pienso que, recogiendo lo que decía Ortega y Gasset, la gran mayoría de nuestras decisiones son tomadas maquinalmente, sin un esfuerzo del raciocinio que la justifique, son la pura espontaneidad de nuestras reacciones; aún las decisiones que creemos tomar libremente están fuertemente vinculadas por circunstancias en la que nos encontramos, como hemos sido criados, que hay en nuestras memorias, nuestra disposición para aprender, temperamento, etc. y son el cúmulo de estas decisiones, que miradas individualmente parecerían intrascendentes, las que marcan el camino que seguimos entonces ¿Dónde queda nuestra escoger libremente un futuro? Pienso que se desprende de en principio de que descubramos que no deberíamos estar haciendo algo, y que en consecuencia es necesario cambiarlo,  y en segunda la fuerza de voluntad para descubrir el verdadero camino, y la fuerza de voluntad para seguirlo; el primer elemento propuesto no pueda nacer de nosotros mismos, sino que tienen que nacer de un impulso externo, como la crítica que se nos hace, alguna circunstancia a la que enfrentamos, pues recordemos que somos seres de costumbre y podemos acostumbrarnos y aceptar casi cualquier cosa, aunque sea fuente de nuestra propia infelicidad, y que usualmente aceptamos tenemos por bueno lo que hacemos.
Son estas circunstancias las que se nos presentan para mejorar y encontrar nuestro “destino”, considero que la divinidad nos pone estas situaciones que son las únicas maneras que tenemos de iniciar un cambio y descubrir el camino que se nos tiene destinado para la felicidad, claro que para ello tendremos que hace uso de nuestra fuerza de voluntad, pues una cosa es darse cuenta de que se está mal y otra distinta es ser consecuente con este descubrimiento y plantearse una medida correctiva (quisiera acotar que aún  la intensidad de nuestra fuerza de voluntad está fuertemente influenciada por nuestro modo de crianza o por nuestro propio temperamento), entonces pienso que el destino sería Es un camino,especial para cada uno de nosotros, que se revela por el conjunto estructurado y racional, de toda las circunstancias, ajenas a nuestra voluntad, que han definido nuestro subconsciente,  aquellos sucesos externos que nos permiten darnos cuenta de nuestro errores, y el que somos libres de seguir o no.
La vida humana requiere de algunas decisiones trascendentales que están guiadas no por la moral sino por nuestras propias inclinaciones, tal es el caso de la pareja que escogemos, de la carrera que seguimos, la ciudad en la que vivimos, etc. Es en este punto que considero que el destino juega un papel especial brindándonos señales que nos permiten escoger el camino adecuado, como sería el caso propuesto del llamado que sienten los sacerdotes para dedicarse a este oficio, o en general el de las vocaciones por alguna profesión en particular, y es en estos espacios donde se muestra nuestra voluntad y se toma la decisión de seguir o no nuestro propio destino.
Creo que el destino existe, pero solo como una vía que nos plantea y que, pese a todas las insinuaciones o sucesos que nos puedan acontecer, tenemos la capacidad de seguir o no, con las consecuencias que lo nos puede acarrear, en cierto modo somos “dueños de nuestro propio destino”, pues ante todo somos libres y tenemos el deber de encontrar esta vía  y mantenernos en ella, pues la felicidad se encuentra antes que en la meta en el propio camino.




[1] C.J. González Serrano, Pensar en la circunstancia, Bonalletra Alcompas, España 2015

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